JUAN PABLO LIRA

Durante el quinquenio de la promoción de 1968, tuvimos la oportunidad de hablar con Juan Pablo Lira Bianchi, importante diplomático chileno con amplio recorrido. Aunque nació en Chile, desarrolló gran parte de su carrera profesional en Colombia. Llega a cuarto de Bachillerato en el Gimnasio Moderno, pues su padre fue nombrado embajador de Chile en nuestro país. Empezó sus estudios de Derecho en la Universidad Javeriana mientras que su padre terminaba su labor como Embajador, entonces regresó a su país donde continuó estudiando en la Universidad Católica. De allí salió más no se graduó, debido al golpe de Estado que sufrió el país austral en 1973. Dentro de sus estudios se destacan: Licenciatura en Jurisprudencia en la Universidad Central de Ecuador y una Maestría en Ciencias Políticas en la Universidad Católica de Chile. Ha trabajado en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, ha sido Embajador de Chile en Colombia, Perú y Ecuador, además Representante ante la OEA. Hoy por hoy trabaja como Director de la Agencia de Cooperación Internacional de Chile.

Esta es la entrevista:

La Cartelera (LC): En el momento en que su pie tocó La Raqueta por primera vez ¿qué sintió?

Juan Pablo Lira Bianchi (JPL): Miedo a lo desconocido, inseguridad. Yo venía de un colegio en Chile en el cual había estado por 7 años y por consiguiente sentía mucho temor. Me correspondió ser compañero de Ernesto Samper que después fue Presidente de la República, somos de la misma promoción y estuvimos juntos en La Javeriana. Felipe Guhl un gran biólogo, también el astrónomo famoso Puerta. Era un curso super normal, pero tuvimos una desgracia; estábamos en quinto o sexto de bachillerato, no lo recuerdo bien y un compañero de la otra sección murió asesinado en un asalto en la calle. Él venía de La Guajira, fue una cosa muy fuerte. Pero era otra Colombia, fuimos a Santa Marta en tren dos veces, cosa que después durante mucho tiempo no se pudo hacer por la seguridad.

Mi padre venía con sus hijos a Colombia y no dudó un minuto en que los varones vinieramos al Moderno. La verdad es que fue una cosa maravillosa porque la casa nuestra estaba en la carrera 12 con calle 71, por consiguiente caminábamos todos los días sin ninguna dificultad. Obviamente mi manera de hablar era graciosa para mis compañeros colombianos, pero además había gente que venía de Panamá a estudiar acá, gente que venía de Nicaragua y por supuesto mucha gente de otras ciudades de Colombia; gente de la Costa Atlántica, de la zona cafetera.

Llegue de Chile en cuarto de Bachillerado de un colegio católico a uno laico, con libertad de pensamiento, en el más amplio sentido de la palabra, -entendiendo que eramos unos mocosos y hablábamos cosas de no mayor complejidad – donde además había una mezcla de seres humanos que venían de diferentes lugares de Colombia y de América Latina. Y la forma como don Agustín y el Prof. Bein, nos daban una educación tremendamente libertaria, en ningún caso habría ninguna cosa impositiva, entendiendo que las normas se cumplían, que la campaña se tocaba y había que entrar a clases, que si metías la pata pagabas por eso. Naturalmente estaban vivos Don Agustín y el ‘Prof’ Bein, hacíamos paseos a Tabio, fuimos al Nevado del Cocuy cuando hicimos el viaje de final de colegio. Fue espectacular, una zona de Colombia que muy pocos colombianos conocen: las nieves y los hielos eternos, que ahora con el cambio climático me imagino que están desapareciendo.

(LC): Los profesores… ¿De quién se acuerda?

(JPL): Mi profesor de inglés, que uno lo mira ahora con el tiempo y piensa que ojalá el colegio hubiera tenido más profundización en idiomas, porque la verdad es que salíamos sin saber nada. Mi profesor de Historia, el profesor Quiroga era un tipo extraordinario, un cientista social en el más profundo sentido de la palabra. Mi profesor de Física, que por supuesto, ni esa, ni la Matemática eran mis materias, era un burro en eso. Pero al final del día todo era llevadero, hacíamos grupos de estudio, a los que íbamos atrasados en algunas materias nos ayudaban otros compañeros y nosotros a su vez ayudábamos a los otros en otras materias. Entonces nos sentimos siempre muy cómodos y bien acogidos, porque así fue la vida.

Siempre fui un muy buen atleta, era lanzador, era buen corredor y buen saltador, la foto que tengo en El Aguilucho de aquella época me sorprende porque hoy en día veo esto y me parece algo hiper moderno, en ese momento eran unas cosas muy elementales. La pista de atletismo normalmente tenía hoyos, La Raqueta también, hoy en día es otra cosa, pero eso no hacía menos el colegio.

Ibamos a Tabio, con el Prof Bein. Nos íbamos los viernes, y a nadie se le hubiera ocurrido tener el menor pensamiento negativo de que porque íbamos con un profesor o vicerrector del colegio iban a ocurrir cosas extrañas. Efectívamente tomábamos “aguardientico”. Éramos unos mocosos de 15-16 años, fumábamos, cosa la cual lamento profundamente hasta ahora, porque me costó mucho dejarlo. Andábamos a caballo, disfrutábamos de esa Colombia agrícola, en cada puesto había un trozo de queso, un trozo de pan, almojábanas o arepa; cosas que uno no volvió a ver nunca.

(LC): ¿Y los amigos… ?

(JPL): Cuando se me producen las cuestiones en mi vida personal, por situaciones políticas en Chile, yo ya estaba ennoviado con quien fue mi señora ecuatoriana, porque su padre era diplomático ecuatoriano en Chile. Pero lo lógico hubiera sido que yo me hubiera venido a Colombia. Yo creo que la explicación es de pronto que yo estaba derrotado y no quise venir derrotado.

Del año 1994 al año 1997 fui embajador de Chile en Colombia, y ahí me reencontré con mis amigos del Gimnasio, además me casé con una colombiana en Bogotá y los testigos, para lo bueno y para lo malo, fueron ellos.

Tomado de: Pablo Lira (@PabloLira3) | Twitter

Cuando fui embajador en Bogotá, en el Palacio de San Carlos había gente más joven del colegio. Es más fácil trabajar con ellos porque se da una conversación espontánea, natural, de cosas que nadie más entiende; La Raqueta, la vuelta al colegio, lo que era don Agustín, son cosas que nadie más entiende. El mismo hecho de ser exalumno del Moderno, para mí ha sido una muy buena carta de presentación con mis colegas diplomáticos colombianos en 30 años de historia profesional.

Estando en esta vida bogotano/gimnasiana, yo era un muchacho de 14-16 años, me gradué muy joven. A diferencia del resto de mis compatriotas chilenos, aquí me enseñaron a bailar. Esto ha permitido que mi relación con Colombia, más allá de que mi esposa sea colombiana, es algo que me fluye con mucha facilidad.

(LC):¿Cuál era el lugar que más le gustaba del Moderno?

(JPL): Yo tengo un problema con todo lo que tenga que ver con la ornitología, me encanta la crianza de pájaros y por supuesto recuerdo a las palomas. Con todo lo bueno y malo que tienen las palomas, porque transmiten enfermedades, tienen un poquito de mal olor. Pero el lugar del colegio que más me gustaba indudablemente era el Palomar. Y el coliseo, las fiestas, la graduación, los partidos de voleibol, los días que llovía, eran allí.

(LC): ¿Recuerda alguna pilatuna que haya hecho con sus compañeros?

(JPL): Lo relacionado con la ingesta de alcohol, brutalidades que algunas no se pueden ni contar. Pero en general cosas de muchachos, normales, barrabasadas, algunos viernes íbamos aquí a la Séptima con Avenida Chile, habían unos bares de quinta y ahí vendían guarapo y tomábamos. Pero en el colegio no, en general éramos muy juiciosos. No me acuerdo el por qué, pero sí recuerdo que en Sexto de Bachillerato hicimos una huelga, una cosa bien compleja que no recuerdo exáctamente el por qué fue. Pero sí recuerdo que expulsaron a unos compañeros y después como consecuencia de este forcejeo nos graduamos todos.

(LC): ¿Era buen estudiante, sacaba buenas calificaciones?

(JPL): El premio al mejor alumno lo ganó Ernesto Samper, no existía esa competencia que es tan propia del mundo de hoy, que todo es puntaje, todo es correr y competir. Hacíamos deporte, jugábamos fútbol, hacíamos atletismo o jugábamos voleibol. Era siempre muy buena disposición.

(LC): ¿Qué es para usted el espíritu gimnasiano?

(JPL): Básicamente es la lealtad, el compañerismo, jugar siempre con cartas limpias y abiertas, naturalmente hay excepciones, es imposible que no las haya porque así es la naturaleza del ser humano. Yo recuerdo eso como algo muy fuerte, es una impronta que te queda marcada.

(LC): ¿Cree que el Gimnasio Moderno le marcó la vida profesional y/o personal?

(JPL): Mis últimos tres años, donde además uno está en la pubertad, estás empezando a ser -en mi caso- varón, te marca en muchos aspectos. Por supuesto eso es definitorio, el hecho de haber estado en el colegio y de venir a donde vengo a mis cincuenta años, no es casualidad, es porque siento una gratitud, tengo un reconocimiento, veo acá cuestiones que me son absolutamente simbólicas. Aquí hay algo que me importa y me interesa mucho.

(LC): ¿Qué consejo le daría a los gimnasianos de hoy en día?

(JPL): Fundamentalmente me estaría refiriendo a colombianos chiquitos, jóvenes; decirles que tienen un país espectacular, que la paz hay que cuidarla y conservarla. Me dio mucho gusto cuando ayer llamé y escuché a un niño que termina la llamada o el call center del colegio diciendo algo así como: “en el Gimnasio Moderno estamos trabajando por la paz”, eso es decir: “¡wow, estoy en Colombia!. Básicamente, que tengan dedicación, transparencia, honestidad, que son principios que entrega el colegio y no es que lo machaquen todo el día, sino que te los van entregando en el conjunto de información que te van brindando. Eso por supuesto no es una cosa que sea exclusiva del Gimnasio Moderno, son principios generales que te da la familia, que te da el colegio y que te da el entorno, y eso ayuda muchísimo a la vida.