Santiago Espinosa Piñeros

En esta ocasión, el equipo de La Cartelera tuvo la oportunidad de recibir a Santiago Espinosa Piñeros, exalumno de la promoción 2002, amante de la escritura y la literatura. Graduado de la Universidad de los Andes de Filosofía y Literatura y con una maestría en Filosofía y Educación, ha tenido la oportunidad de escribir y publicar varios libros, entre ellos “El Movimiento de La Tierra”, un libro de poemas que ganó el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines.

Actualmente, debido a su amor por el colegio, trabaja como profesor y coordina la Escuela de Maestros y trabaja en pro de la educación. Pero dejemos que sea él quien nos cuente su historia:

(LC): ¿Cuál es su primer recuerdo del colegio?

Tengo los mejores recuerdos del primer día. Algo difusos como es natural, fue hace 30 años, pero las instantáneas que tengo son soleadas y felices. Con una presencia muy marcada de la naturaleza. No me acuerdo muy bien del primer momento en el Gimnasio Moderno, pero mis padres me cuentan que al finalizar la inducción del primer día, yo no quería irme del colegio. Y de algún modo lo he cumplido. Además siempre he asociado estos espacios con una sensación de libertad.

(LC): De esos primeros años en el colegio… ¿Se acuerda de algún profesor?

Pienso en Wilma Bernal, la profesora que me enseñó a escribir. Cuando me preguntan por las cualidades del maestro ideal yo pienso en la alegría de Wilma y la pasión por aprender que nos trasmitía. Todo lo que he escrito después, se lo debo de algún modo a ella. Posteriormente estuvo don Guillermo Quiroga, por supuesto, un ser excepcional, de una coherencia asombrosa entre lo que decía y lo que vivía. Don Guillermo era la misma persona en la clase y afuera de la clase, siempre era un maestro. Donde quiera que esté ahora, seguro les estará hablando a los niños de historia o de literatura.

Otros profesores que me marcaron profundamente, fueron Daniel Samper Ospina y Pompilio Iriarte, dos grandes maestros. También Jorge Iván Parra. Ellos me ayudaron a amar la literatura y los libros, que son una de las mejores cosas de las que uno puede enamorarse. Pienso que todas las personas son en cierta medida, para bien o para mal, el resultado del trabajo invisible de sus maestros.

De los primeros años también recuerdo a los amigos, a todos, especialmente a Federico Suárez, abogado y profesor del Externado, y a Alejandro Cárdenas, que también trabaja en el colegio como coordinador del Área de Música. Para mi ellos dos son el ejemplo de aquellas amistades que persisten.

(LC): Le iba bien en español…

(SE): Sí, pero las clases de sociales también me fascinaban. La geografía, los mapas. Uno de los momentos más decisivos para una persona es cuando descubre que hace parte de una historia, nada vuelve a ser lo mismo. También me gustaban mucho las clases de Física, la entropía, la materia oscura, hay tanta poesía en estas cosas. Para hablar de la literatura tendría que decir que para mí la experiencia del Aguilucho fue determinante.

Me sentía libre en El Aguilucho cuando escribía. Puedo dar fe que nunca ha habido censura. Eso implicaba una responsabilidad, aprendíamos mucho de las equivocaciones. Aprender que la comunidad es un asunto frágil, que hay que cuidar nuestro lenguaje, respetando cada una de nuestras palabras, que hay que aprender a aceptar las diferencias que nos son propias, es una de las grandes lecciones para vivir en democracia.

(LC): ¿En qué materia no le iba tan bien?

Química no era mi materia favorita, de pronto por la manera en la que la aprendimos. Era algo muy memorístico, no se nos explicaba su propósito. ¿Se imagina que hubiéramos aprendido estas mismas cosas en la cocina, en el contacto directo con la naturaleza? Rimbaud decía que la poesía es una forma de la alquimia.

A mí me gustaba jugar fútbol, era muy malo, pero me gustaba. En algún momento fui parte de la Selección. Cuando estaba en la Primaria nos metimos a un equipo que se llamaba Los Benjamines. Ahí dejaban entrar a todo el mundo, inclusive a los más malos como yo. Después las diferencias se hicieron evidentes.

(LC): ¿Le gustaba la banda? ¿Tocaba algún instrumento?

(SE): Sí, yo estuve en la banda, primero en los platillos y después en granaderas. El dilema que se me presentó después fue si seguía dedicándole tanto tiempo a la banda, o si ese mismo tiempo se lo dedicaba a la escritura y al Aguilucho. Y bueno, los libros se impusieron.   

(LC): De las excursiones ¿cuál fue la que más le gustó?

(SE): Yo creo que las excursiones son uno de los grandes tesoros de la pedagogía de este colegio. Son los mejores recuerdos que yo tengo del Moderno, donde más aprendíamos del país y la diversidad, donde vivíamos la amistad. Esa era una época muy difícil en el orden público, no hace falta que lo recordemos, esto afecto mucho a las excursiones. Sin embargo, tengo los mejores recuerdos de un viaje a San Agustín y al Amazonas. Por supuesto la excursión de 11, a Machu Pichu y al Lago Titicaca. Estoy seguro que hay una parte de nosotros en esos caminos, a todos nos marcó tan profundamente esa experiencia en la montaña, al lado de las comunidades. 

Fuimos los primeros en salir del país. Después yo siento que esta idea de las excursiones comenzó a diluirse en el paseo con lamentable frecuencia. Que son maravillosos, claro, yo mismo he estado con los estudiantes en Europa algunas veces, pero la verdad es que si me dieran a escoger yo me quedaría con nuestras excursiones originales. Por fortuna este espíritu se está recuperando. Recientemente tuve la oportunidad de acompañar a los estudiantes a la Guainía, es uno de los lugares más bellos y alucinantes que yo haya visto.

En las excursiones se crean amistades, pues son un proceso de conocerse, son tiempos de estar solos, sin los papás, sin la regulación, 24 horas juntos. Incluso Federico Suarez, mi mejor amigo del colegio, sigue siendo uno de mis amigos entrañables. Yo a Federico lo conocí cuando teníamos cuatro años. Él ahora es un abogado muy prestigioso, profesor del Externado, constitucionalista. Pero no pasa una semana sin que nos hablemos. Esto también me pasa con el profesor Alejandro Cárdenas. Lo más importante de estas amistades es el humor, cada vez que nos vemos recordamos estas cosas que vivimos en el colegio con mucha gracia. Pero también estaba la pasión que nos despertaba este colegio por conocer, y yo diría que por transformar una realidad.

Cuando nos volvemos a ver con los compañeros del curso, se renueva algo especial. Claro que muchas cosas han cambiado. Pero uno siente que en la mitad de la conversación está el camino, la montaña, lo que vivimos en las excursiones. También la arquitectura de este colegio, sus espacios dejan un sello muy particular en todos los que estudiamos aquí.

(LC): ¿Y ese ser gimnasianos es fácil de identificar?

(SE): Quisiera pensar que el Moderno es un colegio donde las personas se forman para la autonomía, para no tragar entero. Una autonomía que no termina con uno mismo, por supuesto, sino que es el comienzo de una enorme responsabilidad con los otros. En los estatutos hablaba don Tomás Rueda Vargas de un liderazgo bien entendido. Y el Gimnasio Moderno le ha aportado a la sociedad algunos de estos líderes. Me gustaría que esta transformación curricular en la que está el colegio, todo este esfuerzo que estamos haciendo desde la Escuela de Maestros, con el Sabio Caldas, con la formación, les ayude a los egresados como grupo, ocupen los roles que ocupen, y no sólo en un puñado excepcional que tienen todas las promociones.

(LC): ¿Qué le diría a los gimnasianos de hoy en día?

(SE): Que encuentren un propósito. Sócrates hablaba de una vida que merezca ser vivida.  Habría dos maneras de educarse, una es simplemente cualificar a unos egresados para el mundo del consumo. La otra es educar a esos mismos jóvenes para construir entre todos un país mucho más imaginativo y sensible, menos injusto, menos violento, menos brutal respecto a los ambiental. En la educación están consignadas todas esas esperanzas. Yo quisiera que los estudiantes entendieran eso un poco más. Por supuesto que algunos lo entienden, pero no todos.

Cuando yo publiqué mis primeros poemas El Aguilucho, espantosos, por supuesto, lo más probable era que los maestros me dijeran que yo no tenía ningún talento para la escritura. Pero los profesores del Moderno me apoyaron, creyeron que si alguien podía convertirse en escritor con trabajo y con esfuerzo. Mi sueño no era ser un tipo rico ni poderoso, mi sueño era escribir, compartir con los estudiantes los libros que me cambiaron la vida. Y eso es lo que hago todos los días.  Los grandes maestros son irrepetibles, Pompilio, Wilma, Don Guillermo Quiroga. Al menos quisiera que mis estudiantes me recuerden como una persona tremendamente apasionada por las cosas que enseñaba.

(LC): ¿Algo más que quiera decir como ex alumno del Gimnasio Moderno?

(SE): Que en el Moderno hay un equipo de trabajo extraordinario, que está trabajando todos los días para que el Moderno esté a la altura de los retos y de su historia. Nunca, como profesor o como estudiante, había vivido un Gimnasio Moderno una dinámica tan especial, tan abierto al diálogo, con tantos proyectos tan emocionantes como los que tenemos ahora.